lunes, 26 de octubre de 2009

ROBERTO MONTESINOS

Ciudad de siete templos, siete cruces clavadas en la memoria del derrumbe. Aún podemos ver los escombros del los templos Santo Domingo y Belén. Algunas casas se resisten a ser devoradas por el polvo de la ausencia. A veces, las casas se hunden en grietas de olvido, pero quedan deambulando en la memoria de sus rincones las voces de sus invisibles habitantes. En todo naufragio o derrumbe, algo queda escrito en alguna página del tiempo o en los vientos que pasan como potros sacudiendo sus crines. Algunos retratos todavía permanecen colgados en paredes de sombras. Pero, las voces, las voces, no se van de los lugares. Una de esas voces es la del poeta Roberto Montesinos que aún nos habla desde aquella ciudad colonial de El Tocuyo. Sus textos vienen ahora a nuestros corazones gracias a la compilación de buena parte de su obra poética, realizada por el poeta e investigador Frank Ortiz Castañeda. Este libro titulado “Poesía y prosa de Roberto Montesinos” fue editado por el “Centro de cultura popular Guachirongo”, Barquisimeto, Edo, Lara, 2001. En sus primeras páginas leemos notas y reflexiones del compilador, que nos acercan a la vida y obra de este importante y olvidado poeta larense. Allí, nos dice Frank Ortiz: “En el caso de Roberto Montesinos se cumple aquella vieja y discutida idea de que el medio donde naces y vives te signa sensibilidad y pensamiento; pues el entorno histórico, geográfico y cultural tocuyano, el medio familiar y el grupo de amigos íntimos pesaron, simbólicamente, en la vida y en la obra literaria del escritor, periodista, investigador y maestro.” Y por otra parte afirma: “Montesinos vive y evoca desde el mismo centro contradictorio de su mundo. Combate en su interior el arraigo, porque desea volar; pero no rompe, no puede con sus “penas sentidas” porque son dulces y lo atan cálidamente. Esa ciudad tan únicamente suya, de primavera permanente para él, le otorga el tesoro mágico donde se ocultan los enigmas de sus poemas.”
En la obra poética de Roberto Montesinos las palabras hacen un recorrido por los remotos parajes de una ciudad signada por ausencias y melancolías. Pero, este poeta no huye de esas calles desoladas, se interna en el alma de la misma desolación, se hace parte de aquello que lo marca y lo atrae con telúrico y misterioso magnetismo. Lo mismo le sucede con el paisaje poblado de cujíes, tunas, cardonales y cerros de cal, que resplandecen como espejos desde las lejanías.

Roberto Montesinos (El Tocuyo, Edo, Lara, 1888-1956). Poeta, prosista, traductor. Profesor de Castellano, Literatura, latín, francés, Mineralogía e Historia. Fundador de “El Tonel de Diógenes” y “La Quincena Literaria. Autor de los libros: Canción del trigo (1926); De “El yermo de los extravíos (1927); La lámpara Enigmática (1925); La ciudad de los lagos verdes (1929); Motivos y oraciones (1946); tristeza del sábado y otros poemas (1945).


EPIGRAFE

Como los sacerdotes de los cultos antiguos,
Adoradores de las penumbras sagradas,
En donde se confunden los contornos ambiguos
Y quedan en suspenso rumores y pisadas.
Yo, silenciosamente, en actitud hierática,
Obedeciendo a un misterioso deleite,
Vierto en vaso de arcilla mi espiritual aceite
Y enciendo suavemente mi lámpara enigmática,
Alumbrará en lo hondo, en lo profundo. El verso
Se alzará silencioso en loor al Universo…
Será el ritmo luz tenue que irradie el sentimiento
Y, en el recinto sacro de mi hermético templo,
Yo seré, en la observancia de mi ritual, ejemplo
Vivo y fiel de egoísmos y de renunciamiento


APUNTE

Agregando a la quieta soledad provinciana
Unas líneas precisas de amable ambigüedad,
Levanta esta casona su austera ancianidad,
Toda descalabrada, como una ruina humana.
Gravemente inclinados se sostienen sus muros
Y se caen las cornisas que el tiempo ha dentellado
Y, por sobre la angustia del portalón arqueado,
Se hunden sus tejados arruinados y oscuros.
Sus ventanas (¡Oh, cifras que dicen tantas cosas,
Sutiles como encajes, fragantes como rosas!)
Sus ventanas mohosas se entrejuntan discretas…
Y se piensa, al mirarlas, que así las ha dejado
La dulce niña ingenua para que el bienamado
Le diga sus promesas nocturnas y secretas.


RECIAS MESETAS

(Paisaje tocuyano)

Recias mesetas amarillas
donde enredan las campanillas
y los buches dan sus rubíes;
entre sus ásperos piedreros
crecen, bravíos, los cabreros
y se retuercen los cujíes.

Cerros de cal, ocre y carbón
enervados de insolación
en el calor meridional;
rocas y rocas y tunales
cardonales y cardonales
y el cacicazgo del turpial.

Alma de sílex de mi tierra
arco y flecha para la guerra,
coa laboriosa de la paz;
grito que evoca la conquista;
raza sumisa pero lista
para formar un solo haz.

Raza nacida de la roca,
negra mirada, sesga boca,
corva nariz de gavilán;
duros músculos de macana
que esperan el día de mañana
con la esperanza de un afán!

Tiene el oído a las mil voces
ligadas, confusas, veloces
que el viento le dice al pasar…
Oh, las voces
las voces,
las voces…
-Quién las pudiera interpretar…!

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